Teresa Copy – TERESA HELBIG
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No sé si encontré a la moda, o la moda me encontró a mí. Guardo una foto en la que soy un mico, no levanto un metro del suelo, y en ella estoy al lado de mi vecina, que ese día hacía la comunión. La niña iba de blanco, con un trajecito de chaqueta y un minibolso. ¡Mi cara de admiración…! Me pareció tan moderna, yo no paraba de mirarla con los ojillos abiertos. Ir a un colegio de monjas, en esto estaréis de acuerdo muchas conmigo, te hace ser más creativa: hay que montarse estilismos con triquiñuelas y lucirlos sin que nos pillen. ¡Pues no llamaron veces a mi madre porque me ponía algún invento…!

Todo lo que veía a mi alrededor, en mi ciudad, en mi calle, me parecía feo y aburrido, así que tenía mis pequeños escapismos: el tocador azul celeste que me fabricó mi padre, dos libros del Hollywood dorado que gasté de tanto mirar, y el cine.

El cine me salvó. En esa época nos mudamos de Poble Sec a El Prat, cosa que me parecía terrible. Yo buscaba belleza como el pez busca agua fuera del mar. Me ahogaba en lo cotidiano. En cambio, me metía en esas sesiones dobles y me lo tragaba todo: karate, romance, nouvelle vague, vaqueros, y veía a Fred Astaire y Ginger Rogers, y los melodramas de Douglas Sirk con ojos como platos. Con cara de: yo quiero todo esto, yo quiero vivir esto.

Ya con 17 o así la moda me volvía tarumba. No tenía un duro, pero ahorraba como una rata y hacía malabarismos para comprarme vestidos de Gaultier o de Alaïa, que era mi obsesión absoluta.Y tito Mugler y tito Saint Laurent.

Lo que me compraba me lo ponía luego todos los días. Eso sí lo tuve claro siempre: mejor tener poco y bueno.

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